¿Quién Conquistó primero la cima del Everest?

El Everest, en la cordillera del Himalaya, es la cumbre más alta del mundo, con 8.844,43 m. Está situado en la frontera entre Nepal y el Tíbet (China).

En nepalí la cima se llama Sagarmatha (सगरमाथा, el frente del cielo), y en tibetano Chomolungma o Qomolangma (la madre del universo), del que deriva el chino珠穆朗玛峰(en transcripción pinyin: Zhūmùlǎngmǎ Fēng).

El nombre Everest lo dio Sir Andrew Waugh, el topógrafo general británico de la India, en honor de su predecesor Sir George Everest.

En 1953 el alpinista neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tensing conseguían llegar por primera vez a la cima del Everest, situado en 8.848 metros de altura. Esta, al menos, es la versión aceptada sobre la conquista de la cima del mundo. Y es que casi 30 años antes, en 1924, George Mallory y Andrew Irvine ya lo habían intentado, pero no se sabe a ciencia cierta si lo consiguieron.

¿Pero quiénes fueron verdaderamente los primeros en alcanzar la cima del Everest?

Primeras Expediciones al Everest

Los habitantes del país reverenciaban la montaña.Pero nunca nadie había imaginado ascenderla. De hecho, ni siquiera se lo habían planteado. Suficientemente dura era la vida en estas áridas tierras para su gente, como para proponerse la temeraria idea de escalar una montaña donde no había nada, ni siquiera oxígeno.

Pero los europeos fijaron su atención a principios del siglo XX, cuando algunos aristócratas, ociosos y ávidos de aventuras, se interesaron por aquel cima que rayaba los 9.000 metros de altitud. De todos modos, no sería hasta después de la Gran Guerra, en 1918, cuando el propósito de intentar conquistar la cima se convertiría en una empresa seria y, en algunos casos, incluso una cuestión de estado y de orgullo nacional .

No serían ni los franceses, ni los italianos, ni los suizos -que comparten la gran cordillera centroeuropea de los Alpes-, los aguerridos pioneros que se plantarían en el pie de la montaña con el propósito de llegar al punto más alto de la tierra. Fueron ingleses, impulsados ​​por Sir Francis Youngshusband -el militar que había invadido el Tíbet en el 1903-, los protagonistas de la epopeya del Everest.

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La montaña había tomado el nombre del coronel británico George Everest, uno de los topógrafos que la metrópoli inglesa había enviado para cartografiar el subcontinente indio a mediados del siglo XIX con el propósito de certificar cuál era la montaña más alta del mundo. Entonces, la grandeza del Everest quedaba relativizada por otras grandes cimas cercanos, como el Lhotse (8515), el Makalu (8463) o el Cho Oyu (8201).

De hecho, no sería Georges Everest sino el sucesor del coronel, el también británico Andrew Scott Waugh, quien terminaría los cálculos matemáticos que concederían al Everest, 8.840 metros, el primer lugar del ranking. Habría, sin embargo, que esperar casi setenta años para que las primeras expediciones emprendieran el camino de la conquista. Las tentativas pioneras fueron ideadas como expediciones militares y fueron confiadas a los más reputados escaladores del país. Entre ellos, el profesor de Cambridge y alpinista George Lee Mallory.

El Everest era un gran reto para aquel joven de treinta y tres años que había empezado escalando los árboles y los muros de la casa de sus padres y que, a los dieciocho años, había acompañado su tutor escolar, Graham Irving, a escalar el Montblanc.

En el Tíbet los extranjeros no eran bien vistos y sus autoridades se negaban obstinadamente a conceder ningún tipo de permiso para atravesarlo. Posiblemente temían que, tras los expedicionarios, vinieran los colonizadores. Pero la diplomacia militar inglesa consiguió, con el tiempo, suavizar las reticencias tibetanas y, al final, les concedieron la autorización para ascenderlo. Corría el 1921.

Tan pronto como tuvieron conocimiento de la noticia, el Comité del Everest, formado por la Real Sociedad Geográfica y el Club Alpino, inició los preparativos que debían dar lugar al primer intento de la historia de ascender el coloso. Allí donde se acababan los mapas, comenzaban kilómetros de glaciares, con grietas traicioneras donde los expedicionarios podían desaparecer fácilmente.

Las aristas peligrosísimas también contribuían a conferir un aire profundamente hostil a la mítica montaña. El paso inicial era, pues, organizar una expedición de reconocimiento que estudiara el terreno y confeccionar un itinerario practicable y con garantías de éxito. El punto de partida de aquella primera caravana experimental integrada por deportistas, geógrafos, naturalistas, médicos y militares fue la ciudad de Darjeling, en el noreste de la India.

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Aquel mes de mayo, ante la imposibilidad de acceder a la montaña por Nepal, cerrada a los extranjeros, la expedición tuvo que dirigirse hacia la meseta del Tíbet, a unos 4.500 metros sobre el nivel del mar.

Allí descubrirían un territorio seco, mayoritariamente desértico, impregnado de los rituales budistas que una población aclimatada a unas durísimas condiciones de vida seguía con respeto y devoción. La dureza del recorrido y el clima hicieron estragos durante la aproximación. Hasta el punto que el Everest se cobró la primera víctima europea de la historia: el veterano escalador escocés Alexander Kallas, un médico que había sido pionero en la experimentación con oxígeno. Su muerte fue un primer aviso para los pioneros del 1921, pero no les hizo retroceder ni un paso en la obstinada determinación de la cima.

Los expedicionarios no distinguieron el Everest hasta después de haber atravesado el Tíbet. Mallory quedó impresionado por aquella estampa, tal como se desprende de una carta enviada a su esposa Ruth. Según el escalador británico, “la montaña tiene las aristas más abruptas y los precipicios más espantosos que haya visto nunca”. El itinerario escogido los llevó hasta el pueblo de Shekar Dzong, una localidad que nunca antes había recibido la visita de un europeo.

Mallory, que no era el jefe de la expedición pero sí el líder natural del proyecto, fue el encargado de estudiar la vía de escalada de aquella roca titánica que, a medida que se aproximaban, se mostraba más altiva. Una vez descartado la ladera de la infernal cascada del Khumbu por el mismo Mallory, y descartada la ascensión por la zona del Kangshung por parte del jefe de la expedición Howard-Bury, la hoja de ruta más seguro era por el paso del Noreste .

Mallory estaba determinado a continuar aunque, a finales de septiembre, el clima ya no era el mejor para intentar la ascensión. El último obstáculo al que tuvo que hacer frente, antes de darse por vencido, fue un muro de nieve de quinientos metros de altura. Aunque los crampones -Placa metálica compuesta de puntas afiladas que se coloca bajo la suela de las botas- ya habían sido inventados, el fair play del que siempre ha presumido el alpinismo anglosajón consideraba que no era ético de utilizarlos.

Mallory logró superar el muro, pero al día siguiente la expedición tuvo que retroceder definitivamente a causa de un viento gélido, bajo el cual ningún hombre hubiera sobrevivido más de una hora. El descubrimiento del paso del Noreste había llegado tarde para los expedicionarios del 1921, pero había abierto el itinerario para un próximo intento.

La misión del grupo de expedicionarios de 1922 era ya la cima. La cabeza era Charles Bruce y, entre sus miembros, repetía Mallory y se incorporaban George Finch -Experimentar escalador que se había negado a llevar la vestimenta oficial de la expedición y había optado por una chaqueta de tela aerostática y rellena de plumas de ocasiones y Longstaff -el diseñador de un sistema de sucesivos campamentos de altura, separados entre sí por la distancia que un hombre puede recorrer en un día.

Era la primera vez, también, que se llevaba oxígeno embotellado. Para los portadores de la etnia sherpa que los acompañaban, casi era una ofensa que los ingleses llevaran el aire que respiraban en Gran Bretaña encerrado dentro unas botellas, como si el aire del Tíbet no fuera lo suficientemente bueno. Pero cuando vieron que, respirándolo,  desaparecen las náuseas, el abatimiento y el frío, la acabaron aceptando encantados.

Aquella expedición, sin embargo, tendría consecuencias fatídicas para los sherpas. Poco después de comenzar la travesía de la cara norte, una avalancha sepultó ocho.Mallory y sus compañeros cavaron durante mucho rato, pero sólo poder rescatar uno con vida. Este episodio y la adversa meteorología fue haciendo crecer el número de damnificados y fue disminuyendo las posibilidades de éxito de la empresa.

Las tormentas huracanadas les impedían poder pegar ojo durante las noches. Debían utilizar todas las energías que les quedaban para evitar que las ráfagas no se les llevaran la tienda, su refugio entre la vida y la muerte, y todos ellos no volaran hasta impactar con el glaciar de Rongbuk. Debilidades como estaban por el frío paralizante y la falta de alimentos, comenzaron a sufrir los dolores de Tántalo. Eran conscientes de que si proseguían el ascenso con aquel estado físico, nadie llegaría en vida. La tercera sería la vencida?

Mallory terminaría su propia trilogía en 1924. En esta expedición ya no era necesario hacer ningún tipo de exploración. Sabían que desde la arista Norte había dos itinerarios posibles. Los alpinas Norton y Somerwell van desviarse desde la arista Norte hasta el Gran Corredor, pero las dolencias de cuello de Somerwell -otro de los males de montaña habituales debido a la sequedad del ambiente- los hicieron retroceder. Entonces sería el turno de Mallory y su joven compañero Andrew Irvine. Ellos intentarían ir de la arista Norte a la arista Noreste e instalar, a 8.160 metros, un campamento de altura.

Una vez logrado el primer objetivo, ya sólo quedaba, como dijo Mallory, “avanzar hacia la victoria o la derrota final”. Al día siguiente, de madrugada, ya sin portadores y con un tiempo fantástico según el relato de los otros expedicionarios , los dos alpinistas salieron decididos a la cima. Nunca regresaron.

Ese mismo día comenzaría a forjarse una leyenda que ha llegado hasta nuestros días. El alpinista Noel Odell siguió buena parte de la ascensión, hasta que las nubes se lo impidieron. Al cabo de un rato, y al abrirse un claro, los vio por última vez a una altura de 8.600 metros. Pero no pudo asegurar si en ese instante del 8 de junio de 1924, Mallory e Irvine subían o bajaban.

El piolet de este último lo encontraron unos alpinistas ingleses en 1933 por encima de los 8.400 metros. Muchos años después, en 1999, aparecería a 8.300 metros el cuerpo de Mallory, preservado como una momia en este inmenso congelador que son los grandes picos del Himalaya. No se encontró nunca rastro de la cámara Kodak que en teoría llevaba en el momento de la muerte.

Ahora, en el bolsillo llevaba una carta de su esposa Ruth.

Estos descubrimientos tampoco permitieron resolver la enorme incógnita. En cualquier caso, no se puede ocultar la epopeya de dos hombres que, hace más de ochenta años, lograron ascender, como mínimo, hasta los 8.600 metros, una altura nunca pisada hasta ese momento. Y todo ello con un equipo técnico bien precario: chaquetas de lana, botas de cuero y bombonas de oxígeno de más de quince kilos de peso.

Una epopeya que tendría continuación veintinueve nueve años más tarde, cuando Tenzing y Edmund Hillary consiguieron pisar la cima del Everest de manera oficial.

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El escollo más difícil para coronar el Everest se encuentra en el tramo final de la ascensión. Es una roca de piedra de 15 metros de una gran dificultad técnica. Parecería que Edmund Hillary, asegurado por Tenzing Norgay, fue el primer hombre, en 1953, que pudo escalar a través de una fisura, con los crampones de diez puntas clavados en el hielo, con las manos progresando por la roca, con unas rudimentarias botellas de oxígeno en la espalda y con un inquietante abismo de 3.000 metros a los pies.

Hillary, entre muchos otros expertos montañeros como el suizo Reinhold Messner -el primero alpinista que coronó los 14 ocho mils-, siempre ha creído que George Mallory y Andrew Irvine nunca llegaron a la cima del mundo aquel ya lejano junio de 1924. Como hubieran podido escalar aquel paso imponente con los precarios medios de la época ?, se preguntan. En cualquier caso, la hazaña de superar el último escollo del Everest -que se llamaría escalón Hillary a partir de ese momento- representaría a Hillary una apoteósica recibida en la ciudad de Londres y la concesión del título de Sir por parte de Elisabet II, que acababa de ser coronada.

Everest, la película(2015)

Everest es una película  de 2015 dirigida por Baltasar Kormákur y escrita por William Nicholson y Simon Beaufoy. Basada en hechos reales, se centra en la tragedia humana que tuvo lugar en el Everest el 1,996 y está protagonizada por Jason Clarke, Josh Brolin, John Hawkes, Robin Wright, Sam Worthington, Keira Knightley, Emily Watson y Jake Gyllenhaal.

La película abrió el Festival de Venecia de 2015 manteniéndose fuera de la competición. Su estreno en cartelera fue el 16 de septiembre de ese mismo año.
Durante la temporada de escalada de 1996, quince personas murieron en el Everest convirtiéndose este año en el más mortífero de la historia del Everest. Ocho de ellas, que pertenecían a tres expediciones distintas, murieron el día 10 de mayo debido a una tormenta que afectó a la montaña. Durante el mes siguiente cuatro personas murieron a consecuencia de las lesiones producidas ese día. El desastre fue muy conocido y levantó una gran controversia sobre la masificación del Everest. El periodista Jon Krakauer, trabajando por la revista Outside, era parte de uno de los grupos afectados y posteriormente publicó un libro Into Thin Air (traducido al catalán como La fiebre de la cima) explicando a él su experiencia. Anatoli Boukreev, un guía que se sintió aludido por Krakauer escribió un libro en respuesta llamado La escalada.La disputa encendió un largo debate en el mundo del alpinismo. En mayo de 2004, el médico Kent Moore y el cirujano John L. Semple, ambos investigadores de la Universidad de Toronto declararon en la revista New Scientist que un análisis de las condiciones atmosféricas de ese día indicaba que un tiempo meteorológico extraño causó que el nivel de oxígeno se redujera un 14%.

El impacto de la tormenta en el otro lado de la montaña, a la arista Norte, donde también murieron escaladores, se narra en primera persona en el libro “Al otro lado del Everest” del director británico y escritor Matt Dickinson.

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