Brujas de Zugarramurdi: El enigma del brujo y el juicio de 1610

El aire gélido de la mañana del 7 de noviembre de 1610 en la ciudad de Logroño no lograba disipar el olor a miedo que emanaba de una procesión sin precedentes. Miles de personas se agolpaban en las calles para ver pasar a los condenados, hombres y mujeres que portaban el temido sambenito y la coroza, símbolos de la infamia.

Entre ellos, el rumor sobre la figura del brujo y sus pactos demoníacos recorría la multitud como una descarga eléctrica. ¿Cómo fue posible que una pequeña aldea del Pirineo navarro desencadenara la crisis de fe y justicia más importante de la Inquisición española?

La historia que hoy conocemos como las brujas de Zugarramurdi no comenzó en un tribunal, sino en las brumas de la montaña y el murmullo de los valles. Todo se precipitó cuando la psicosis colectiva cruzó la frontera desde el territorio francés. La sombra del brujo acechaba en cada rincón, alimentada por relatos de vuelos nocturnos y ritos prohibidos que desafiaban la lógica de la época.

Recreación histórica del Auto de Fe de Logroño de 1610 con prisioneros usando sambenitos.

El origen del pánico y aquelarres: Un brujo en la frontera

Para entender lo sucedido en 1610, debemos retroceder a finales de 1608. En el lado francés, en Labort, el juez Pierre de Lancre, enviado por el rey Enrique IV, había desatado una represión brutal que terminó con cientos de ejecuciones. El pánico se filtró por los pasos de montaña hacia el pueblo navarro. Fue entonces cuando María de Ximildegui, una joven que había vivido en Francia, regresó a su hogar en Zugarramurdi.

Su testimonio fue la chispa que incendió la pradera. Ximildegui afirmó haber participado en reuniones nocturnas y señaló a varios vecinos, entre ellos a María de Jureteguía, como seguidores del arte del brujo. Lo que empezó como una rencilla de aldea pronto escaló cuando el abad del monasterio de Urdax, de orden premonstratense, se mostró alarmado por las historias que llegaban a sus oídos.

El brujo no era solo una figura de cuento; para los habitantes del valle del Baztán, representaba una amenaza real contra su alma y su comunidad. El miedo al macho cabrío y a los akelarres celebrados en la oscuridad de la Sorginen Leizea se volvió insoportable. Los vecinos de Zugarramurdi empezaron a denunciarse unos a otros, temiendo ser las próximas víctimas de un hechizo o, peor aún, de la sospecha.

El descenso al abismo del proceso de Logroño

En enero de 1609, el Tribunal de la Inquisición de Logroño decidió intervenir de manera formal. El inquisidor Juan del Valle Alvarado se desplazó a la zona para investigar los hechos. Durante meses, el valle del Baztán fue testigo de una caza de  cuatro mujeres como brujas que no buscaba la verdad, sino la confesión a cualquier precio. Los comisarios de la Inquisición presionaban a los acusados para que revelaran detalles sobre su iniciación como brujo.

El método era implacable: el perdón solo llegaba mediante la delación. Esto creó una reacción en cadena donde cada brujo señalado tenía que inventar cómplices para librarse de un castigo mayor. Las historias se volvieron cada vez más extravagantes e inverosímiles, incluyendo ungüentos que permitían volar y banquetes donde se servía carne humana ante la presencia del demonio.

A finales de aquel año, el Santo Oficio ya tenía a decenas de personas bajo custodia en las cárceles secretas de Logroño. La presión psicológica y las condiciones de cautiverio hicieron que muchos terminaran por confesar crímenes que jamás cometieron. El concepto del brujo se expandió hasta abarcar a niños, ancianos y familias enteras del Pirineo navarro.

Pintura de estilo histórico de un aquelarre en las cuevas de Zugarramurdi con la figura de un brujo.

El histórico Auto de fe de Logroño de 1610

El clímax de esta tragedia tuvo lugar en noviembre de 1610. Se estima que treinta mil personas acudieron a la ciudad para presenciar el evento. Un total de 53 personas fueron sacadas en procesión para la lectura de las sentencias. El espectáculo era dantesco: además de los vivos, se portaban restos óseos en un ataúd y una efigie de madera por cada reo que había fallecido en prisión esperando el juicio.

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Aquella jornada, el auto de fe de Logroño marcó un punto de inflexión. Seis personas fueron condenadas a ser quemadas vivas en la hoguera, mientras que otras cinco fueron quemadas en efigie. Entre los condenados se encontraban hombres y mujeres que se negaron a admitir su condición de brujo, manteniendo su inocencia hasta el último suspiro frente a las llamas.

📜 Archivo Secreto: > Durante el proceso, se llegó a investigar a niños de tan solo siete años. Las actas revelan que los inquisidores creían que los menores eran llevados al akelarre por un brujo veterano para ser presentados al demonio, quien supuestamente los marcaba con una uña en el ojo izquierdo. Esta psicosis infantil fue uno de los puntos que más tarde cuestionaría la propia institución.

Alonso de Salazar y Frías: El abogado de las brujas

Lo que nadie esperaba era que, desde el seno del propio tribunal, surgiría una voz disidente. El inquisidor Alonso de Salazar y Frías, un jurista de formación académica impecable, empezó a sospechar de la veracidad de los testimonios. Salazar no creía que el brujo tuviera poderes sobrenaturales, sino que las confesiones eran fruto de la coacción, el miedo y las preguntas sugestivas de sus propios colegas.

En 1611, Salazar recibió el encargo de realizar una visita de inspección por las zonas afectadas de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya.

Durante ocho meses, recorrió el territorio, ofreciendo un edicto de gracia a quien quisiera confesar sin miedo a represalias. El resultado fue asombroso: miles de personas se retractaron de sus declaraciones anteriores, alegando que habían mentido para librarse de las amenazas.

Salazar concluyó con una frase que resonaría en la historia de la jurisprudencia:

"no hubo brujos y brujas hasta que se empezó a escribir y hablar de ellos".

Su informe detallado, enviado al Consejo de la Suprema, afirmaba que no existía prueba física alguna de los akelarres. No había ungüentos mágicos, ni marcas demoníacas, ni testigos imparciales que hubieran visto a un brujo volar.

La reforma del Santo Oficio y el fin de la quema de brujas

Gracias a la tenacidad de Alonso de Salazar y Frías, la Inquisición española adoptó una postura de escepticismo radical. En 1614, se promulgaron nuevas instrucciones que hacían casi imposible condenar a alguien por brujería. Se exigían pruebas materiales y se prohibía dar crédito a confesiones que no estuvieran respaldadas por hechos comprobables.

Este cambio convirtió a España en uno de los países más avanzados de Europa en esta materia. Mientras en Alemania o Inglaterra la caza de brujas seguía cobrándose miles de vidas, en territorio español el brujo pasó a ser visto más como una víctima de la ignorancia o de enfermedades mentales que como un servidor de Satanás.

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El tribunal de la Inquisición empezó a tratar estos casos como delitos menores o simples supersticiones.

El legado de este proceso llegó incluso al arte. Siglos más tarde, Francisco de Goya plasmaría el horror y la irracionalidad de estas creencias en sus óleos.

En sus pinturas, el brujo y el macho cabrío aparecen rodeados de una atmósfera grotesca, sirviendo como una crítica feroz a la España que permitía la quema de brujas bajo el manto de la religión.

El recuerdo en las cuevas de Zugarramurdi

Hoy en día, el pueblo navarro mantiene viva la memoria de aquellos eventos de una forma muy distinta. Las cuevas de Zugarramurdi, aquel lugar que el inquisidor Valle Alvarado describió como un nido de pecado, son ahora un espacio de paz y cultura.

El Museo de las Brujas, ubicado en el antiguo hospital de la localidad, rinde homenaje a los hombres y mujeres que sufrieron el fanatismo de 1609 y 1610.

Visitar la Sorginen Leizea permite conectar con una historia de la brujería que mezcla el mito con la realidad social del siglo XVII.

Allí, el visitante puede comprender que el verdadero peligro no era el supuesto brujo, sino la incapacidad de una sociedad para gestionar sus miedos sin recurrir a la violencia. La figura del brujo ha pasado de ser un monstruo a ser un símbolo de la identidad y la resistencia cultural vasca.

El auto de fe de Logroño sigue siendo estudiado en las facultades de derecho de todo el mundo como un ejemplo de cómo el rigor jurídico puede vencer al fanatismo.

La figura del inquisidor Salazar es hoy recordada como la de un hombre que tuvo el valor de dudar en un mundo donde la certeza era una obligación. Su victoria fue la victoria de la razón sobre las sombras que acechaban en el Pirineo navarro.

Preguntas Frecuentes sobre las brujas de Zugarramurdi

¿Cuántas personas murieron en el auto de fe de Logroño de 1610?

En el evento celebrado en Logroño, un total de once personas fueron condenadas a la hoguera. De ellas, seis fueron ejecutadas en persona y las otras cinco en efigie, ya que habían muerto en las cárceles del Santo Oficio antes de que se dictara la sentencia definitiva.

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¿Qué papel jugó el euskera en el proceso inquisitorial?

El euskera fue un factor determinante y, a menudo, una barrera para los acusados. La mayoría de los vecinos de Zugarramurdi eran monolingües, por lo que las declaraciones debían ser traducidas. Esto generó errores y malentendidos que los comisarios de la Inquisición aprovecharon para forzar confesiones sobre las actividades de un supuesto brujo.

¿Por qué se dice que Alonso de Salazar y Frías salvó a miles de personas?

Porque tras su inspección de 1611, logró que el Tribunal de la Inquisición dejara de creer ciegamente en las delaciones de brujería. Sus informes demostraron que la caza de brujas era una construcción social basada en el miedo, lo que detuvo futuros procesos y ejecuciones en toda la Inquisición española.

¿Qué se puede ver hoy en el Museo de las Brujas de Zugarramurdi?

El Museo de las Brujas ofrece una visión rigurosa de la vida cotidiana en el siglo XVII y detalla el proceso inquisitorial. A través de objetos, audiovisuales y documentos, explica cómo se construyó el mito del brujo y el impacto que tuvo el juicio de Logroño en la comunidad local.

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