La increíble historia de Catalina de Erauso, la Monja Alferez
El obispo de Huamanga escuchó atónito la confesión del soldado moribundo. En la penumbra opresiva de una austera celda peruana, un combatiente español, curtido por el implacable sol de los Andes y cubierto por un mapa de cicatrices de guerra, agonizaba tras un violento duelo a espada.
Temiendo por la condena eterna de su alma, el fiero militar desveló un secreto que había guardado con sangre, pólvora y acero durante décadas. Mirando a los ojos al eclesiástico, pronunció las palabras que cambiarían su leyenda para siempre:
«Padre, soy mujer, virgen y monja».
Aquel soldado pendenciero, famoso por su destreza con la espada y su afición a las mesas de juego, no era un hombre.
Su verdadero nombre era Catalina de Erauso, y su biografía desafía todo lo que creemos saber sobre el papel de la mujer en el Siglo de Oro español.
La historia de Catalina de Erauso es un viaje trepidante a través de océanos, selvas, campos de batalla y cortes reales, una odisea que la llevó de las frías celdas de un monasterio vasco a convertirse en una de las figuras más enigmáticas del Imperio Español.
Pero, ¿cómo logró una joven destinada a la reclusión perpetua engañar a todo un imperio y sobrevivir en el entorno más brutal de su época?
Para comprender la historia de la monja alférez, debemos viajar a las lluviosas y empedradas calles del País Vasco a finales del siglo XVI, donde se forjó un carácter de hierro que se negaría a aceptar el destino impuesto por su género.

Los orígenes forzados: Entre muros de piedra y rezos
El destino de las mujeres en la España de los Austrias solía pivotar entre dos únicas opciones: el matrimonio ventajoso o el velo.
La vida de Catalina de Erauso comenzó bajo el peso de esta ineludible realidad. Nacida en la villa de San Sebastián, pertenecía a una familia de buena posición, hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Galarraga y Arce.
El Milagro de Empel: El misterio del Tercio Español en FlandesEn los complejos registros de la época, su linaje se rastrea bajo los apellidos Erauso y Pérez de Galarraga, así como de la línea de los Erauso y de María Pérez. El nombre formal con el que fue presentada ante la pila bautismal fue Catalina de Erauso y Pérez.
Curiosamente, el primer misterio de su vida rodea su propio nacimiento. En su autobiografía —obra que siglos después custodiaría celosamente la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes—, ella misma afirma que Catalina de Erauso nació en el año 1585.
Sin embargo, la historia documental es obstinada. Su partida de bautismo oficial, un documento polvoriento rescatado de los archivos parroquiales, certifica sin lugar a duda que vino al mundo el 10 de febrero de 1592.
Esta discrepancia temporal sería solo la primera de las muchas máscaras que utilizaría a lo largo de su existencia.
Siendo apenas una niña de cuatro años, fue ingresada junto a sus hermanas en el convento de San Sebastián el Antiguo, un recinto de la orden de los dominicos.
El plan familiar era claro: prepararla para que llegase a profesar como monja profesa, dedicando su vida al silencio, la oración y la clausura.
Allí, bajo la estricta vigilancia de una tía suya, una mujer de carácter férreo llamada doña Catalina de Aliri, la joven Catalina creció rodeada de muros infranqueables, cantos gregorianos y el olor penetrante del incienso.
Catalina de Aliri representaba todo lo que la joven repudiaba: la sumisión absoluta y la inmovilidad.
El encierro en el convento moldeó su carácter, pero no hacia la piedad, sino hacia la rebeldía. Tras años de reclusión, una violenta discusión y posterior pelea a golpes con una monja mayor de la congregación fue la chispa que detonó el polvorín.
Esa misma noche, con quince años y el corazón latiendo desbocado, robó las llaves del claustro. El objetivo era claro: huir del convento antes de que amaneciera y desaparecer en la bruma vasca.
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La huida no fue un acto impulsivo exento de estrategia. Escapó del convento, Catalina corrió hacia un bosquecillo cercano de castaños. Allí, oculta entre la maleza y armada con unas rudimentarias tijeras, llevó a cabo el rito iniciático que cambiaría su vida.
Se cortó su larga melena negra y, utilizando la tela de sus propios hábitos religiosos, confeccionó un jubón, unas calzas y un par de polainas. Se viste de hombre para poder sobrevivir en los peligrosos caminos de la península; una joven viajando sola era presa fácil para bandidos y desalmados.
Durante semanas vagó por el norte de España, sobreviviendo a base de hierbas y caridad, hasta llegar a Vitoria.
El disfraz funcionaba a la perfección. Nadie veía a la fugitiva; solo veían a un joven muchacho de aspecto desaliñado pero enérgico.
Se dirigió posteriormente a Valladolid, donde, irónicamente, su aspecto masculino le permitió conseguir su primer empleo. Bajo el nombre falso de Francisco de Loyola, comenzó a trabajar como paje del secretario del rey, el poderoso Juan de Idiáquez.
El destino tiene un sentido del humor macabro. En las mismas calles de Valladolid, mientras ejercía sus recados, se topó de frente con su propio padre, el capitán Erauso, quien había viajado a la corte para denunciar la desaparición de su hija.
El corazón de Catalina debió detenerse en seco. Estaban a escasos metros de distancia, pero el engaño fue tan perfecto que su padre no reconoció a su propia hija bajo las ropas de paje.
Tras este susto mortal, sintiendo el aliento de la persecución en la nuca, decidió que España se le había quedado pequeña. Era el momento de huir hacia un horizonte donde nadie pudiera rastrear su pasado.
📜 Archivo Secreto: Uno de los detalles más sorprendentes de la transformación física de Catalina no fue solo el cambio de ropas o el corte de cabello. Según crónicas y estudios médicos posteriores de sus memorias, Catalina de Erauso aplicó una dolorosa mezcla de ungüentos y parches, presuntamente proporcionados por un curandero italiano, para atrofiar y aplanar permanentemente sus pechos. Esta agresiva modificación corporal le garantizó que ninguna silueta femenina asomara bajo sus ajustados jubones militares a lo largo de sus años de servicio militar.
El viaje al fin del mundo: A sangre y fuego hacia las Indias
La atracción del Nuevo Mundo era irresistible para cualquier joven sin fortuna y con sed de aventuras.
María Pita: La leyenda de la heroína gallega contra Francis DrakeCatalina viajó al sur, se presentó en Sanlúcar de Barrameda y logró embarcar en un masivo galeón de la Flota de Indias capitaneado por el general Esteban de Eguiño, quien, en otra coincidencia de película, era pariente suyo.
A bordo, haciéndose pasar por un grumete y novicio de los mares, soportó las durísimas condiciones de la travesía atlántica: escorbuto, tormentas feroces y raciones podridas.
El galeón atracó primero en las peligrosas y tórridas costas de Punta de Araya, en la actual Venezuela, y posteriormente en Cartagena de Indias.
El contacto con la brutal realidad del Caribe endureció aún más a la joven.
En el puerto panameño de Nombre de Dios, Catalina dio el salto definitivo a la vida delictiva y aventurera: robó quinientos pesos a su capitán (su propio tío) y se escabulló en la oscuridad de la selva del istmo.
Ahora, rica y libre, emprendió camino hacia el sur, adentrándose en el inmenso Virreinato del Perú.
En territorio peruano, adoptó el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán. Fue en Saña donde entró al servicio de un rico mercader de Trujillo, el próspero Juan de Urquiza.
Este hombre de negocios la tomó bajo su protección, confiándole la gestión de una tienda en la ciudad de Trujillo. Pero el temperamento de Catalina era una bomba de relojería. No tardó en meterse en problemas.
Era aficionada a las cartas, al vino y, sorprendentemente para su condición, a galantear con las mujeres locales para mantener su coartada masculina.
Tras un grave altercado en un teatro donde acuchilló a un hombre en el rostro, Urquiza intentó salvarla arreglando un matrimonio ventajoso para "él" con la cuñada de su socio, una dama emparentada con figuras como Beatriz de Cárdenas.
Abraham Lincoln Verse obligada a casarse con una mujer fue el límite para Catalina, quien volvió a hacer lo que mejor sabía: huir.

La Guerra de Arauco y la forja de la monja alférez
Escapando de la justicia y de los compromisos nupciales, el falso Alonso se enroló en la milicia. El Imperio Español libraba entonces en Chile la Guerra de Arauco, uno de los conflictos más largos, sangrientos y brutales de su historia contra el indómito pueblo mapuche.
Era una guerra de guerrillas en selvas impenetrables y montañas heladas. Allí fue donde Catalina demostró que no era solo una impostora, sino un soldado letal.
Combatió como soldado en América con una ferocidad que asombraba a los veteranos más curtidos.
En la campaña de Chile, el destino le tenía reservada la mayor de las ironías. Fue asignada a una compañía comandada ni más ni menos que por el capitán Miguel de Erauso, su propio hermano mayor.
Durante tres años, el soldado en América combatió codo con codo junto a la sangre de su sangre. Miguel jamás sospechó que el joven vasco que le cubría las espaldas en el barro araucano era la hermanita que había dejado en un convento guipuzcoano.
La culminación de su carrera militar llegaría en la sangrienta batalla de Valdivia.
Las crónicas relatan que los indígenas emboscaron a las tropas españolas, masacrándolas y arrebatándoles la bandera.
En un acto de temeridad casi suicida, Catalina se lanzó a caballo contra las líneas enemigas. Recibió tres flechazos y una estocada en el hombro, pero logró recuperar el estandarte real, dejando un reguero de cadáveres enemigos a su paso.
Por esta heroica hazaña militar, el gobernador de Chile le concedió el ansiado grado de alférez, consolidando para siempre el título de alférez en su historial. Había nacido oficialmente la leyenda de la monja alférez.
Concilio Cadavérico: El día que un Papa exhumó a otro para juzgarloLa tragedia fratricida y la huida a través de los Andes
A pesar de sus ascensos, su carácter irascible la seguía saboteando. Las trifulcas de taberna y los duelos clandestinos eran el pan de cada día en sus escapadas nocturnas por Concepción.
Fue precisamente en uno de estos lances de honor donde la tragedia la golpeó sin piedad.
Involucrada en una disputa de juego actuando como padrino de otro soldado, se vio envuelta en un duelo a muerte en la oscuridad de una callejuela de Concepción.
El choque de aceros fue rápido y mortal. Catalina atravesó el pecho de su oponente. Al acercar una antorcha para identificar al hombre que agonizaba a sus pies, soltó un grito desgarrador: había asesinado al capitán Miguel de Erauso, su propio hermano.
Buscada por asesinato y consumida por la culpa, Catalina tuvo que escapar hacia el virreinato del Río de la Plata cruzando la implacable cordillera de los Andes en pleno invierno.
Fue una marcha de la muerte. Junto a dos desertores que murieron congelados por el camino, la joven sobrevivió milagrosamente comiendo raíces y soportando temperaturas extremas, llegando a Tucumán en un estado casi esquelético.
En los años siguientes, su vida fue un torbellino de violencia y constantes traslados por Bolivia y Perú. Trabajó incluso como secretario del gobernador en La Plata, pero sus deudas de juego y sus pendencias la llevaron a la cárcel en múltiples ocasiones, estando a punto de ser condenada a muerte y ejecutada en la horca en más de una ocasión, salvándose en el último instante gracias a la intervención de figuras eclesiásticas.
La gran revelación en Huamanga
El juego del gato y el ratón terminó finalmente en Huamanga (la actual Ayacucho, Perú).
En 1620, envuelta en otra refriega sangrienta, resultó gravemente herida. Creyendo que esta vez la muerte venía a cobrarle las cuentas, y acorralada por la justicia secular, exigió hablar con el obispo de la ciudad, un fraile dominico de nombre fray Agustín de Carvajal.
Allí, en el lecho de muerte, tuvo lugar la revelación con la que comenzaba esta crónica.
Blas de Lezo: La épica del tuerto con pata de paloEl obispo, un hombre de profunda fe y asombrado por el relato, ordenó que una junta de parteras y una matrona de confianza la examinaran.
El veredicto médico dejó perpleja a toda la ciudad: no solo era fisiológicamente una mujer, sino que, a pesar de décadas viviendo entre rudos soldados, marineros y prostitutas, conservaba intacta su virginidad.
Este detalle, en la mentalidad religiosa del siglo XVII, fue interpretado casi como un milagro divino.
El obispo Agustín de Carvajal la protegió inmediatamente, trasladándola a diferentes conventos por su seguridad.
La noticia corrió como la pólvora por todo el virreinato. La temible espadachina Alonso Díaz era, en realidad, doña Catalina. La fama de la conocida como la monja alférez cruzó el Atlántico antes que ella.
El regreso a Europa: Entre reyes y papas
Completamente recuperada de sus heridas, Catalina de Erauso terminó por embarcar de vuelta a España en 1624.
Su llegada a la Península fue el equivalente a la llegada de una estrella de rock moderna. Multitudes se agolpaban en los puertos de Cádiz y Sevilla solo para vislumbrar a la mujer que había engañado a todos.
Viajó a Madrid, donde fue recibida en audiencia privada por el mismísimo rey Felipe IV.
El monarca, fascinado por la lealtad y los servicios militares prestados a la Corona, validó sus hazañas y le concedió una pensión vitalicia de 800 escudos, reconociendo oficialmente su estatus como el militar alférez doña Catalina.
Pero a Catalina le quedaba un problema ético y espiritual fundamental: ante los ojos de Dios y de la Iglesia, seguía siendo una apóstata que había roto sus votos al no profesar en el convento y vestir ropas masculinas, un delito gravísimo penado habitualmente por la Inquisición.
Decidió viajar a pie hasta Roma para buscar la absolución de la máxima autoridad de la cristiandad, el papa Urbano VIII.
El Sumo Pontífice la recibió, escuchó detalladamente sus andanzas y, maravillosamente impresionado por su defensa de la fe y su castidad comprobada, le otorgó una dispensa sin precedentes en la historia de la Iglesia católica.
El Papa no solo la perdonó por huir de sus obligaciones religiosas, sino que le concedió un permiso especial papal para seguir vistiendo ropas de hombre por el resto de su vida, con la única condición de no usar su espada para la venganza ni el duelo frívolo.
El legado de una figura irrepetible
En España, la figura de doña Catalina de Erauso se convirtió en un fenómeno literario y cultural. El gran dramaturgo Juan Pérez de Montalbán (discípulo de Lope de Vega, quien también se fascinó con la historia) escribió la exitosa comedia "La monja Alférez".
La asombrosa epopeya fue inmortalizada en un manuscrito conocido como los sucesos de la monja alférez, o la historia de la monja alferez, una extensa autobiografía literaria escrita por ella misma que se difundió por toda Europa.
Sin embargo, la tranquilidad de la corte madrileña y el ambiente mundano de Nápoles aburrían a la vieja soldado.
La llamada de las Américas seguía latiendo en su sangre. En 1630, bajo el nombre de Antonio de Erauso, regresó a la Nueva España (actual México), donde estableció un exitoso negocio como arriera, transportando mercancías entre Veracruz y la Ciudad de México con una recua de mulas.
La vida de esta guerrera indomable, nacida como Catalina de Erauso y respetada universalmente como un fiero oficial de la Corona, se apagó de forma discreta alrededor del año 1650 en la localidad de Cotaxtla.
Murió como vivió: en los polvorientos caminos de América, lejos de las convenciones sociales, vestida con las ropas que ella misma eligió y siendo absolutamente dueña de su propio y excepcional destino.
La historia de esta mujer guipuzcoana sigue siendo, cuatro siglos después, el testimonio de una rebeldía que trascendió el género y la época.
Preguntas Frecuentes sobre la Monja Alférez
¿Cuáles son los verdaderos nombres y apellidos familiares de Catalina?
Su nombre bautismal fue Catalina, y aunque mundialmente se la conoce como Catalina Erauso, los registros históricos muestran la influencia de la rama familiar de su madre, figurando en ocasiones como ligada a los Erauso y de María Pérez, o simplemente refiriéndose a ella por la línea de los Erauso y Pérez de Galarraga.
¿Dónde pasó sus primeros años antes de viajar a América?
Fue internada de niña en el histórico convento de San Sebastián, una institución que marcó su infancia. Tras escapar, transitó por diversas localidades españolas. Tuvo que vestir ropas masculinas para pasar desapercibida, refugiándose en ciudades como Estella antes de conseguir empleo estable.
¿Se tiene constancia de otras identidades o familiares en su relato?
Sí. A lo largo de su biografía, la extraordinaria historia de Catalina menciona a diversos familiares. Entre ellos se cita a un pariente llamado Antonio de Erauso y a su estricta tutora en la fe, la monja Catalina de Aliri.
¿Cómo abordó la Corona y la literatura su increíble vida?
El rey concedió a doña Catalina honores inusuales para una mujer. La fascinación fue tal que hoy en día, obras de gran valor histórico tituladas Los i sucesos de la monja alférez pueden consultarse gratuitamente en repositorios digitales de prestigio para preservar la memoria de esta pionera.
¿Dónde descansan sus restos?
A pesar de su fama mundial, existe un misterio sobre su tumba. Murió en México hacia 1650, el lugar exacto de su enterramiento en tierras americanas sigue siendo un enigma para los arqueólogos y expertos en su biografía.
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