La batalla de Cagayán (1582): cuando cuarenta soldados españoles derrotaron a mil piratas japoneses en combates que cambiaron Filipinas

En junio de 1582, una pequeña escuadra española de siete navíos al mando del capitán Juan Pablo de Carrión derrotó en tres combates sucesivos a una flota de 18 champanes japoneses que amenazaba con arrebatar a la Corona el control del norte de la isla de Luzón.

El comandante de los invasores era un caudillo conocido únicamente como Tay Fusa. Su contingente sumaba, según las crónicas, alrededor de mil hombres armados. Los soldados de Carrión no llegaban a la centena cuando comenzó el primero de los enfrentamientos. Al finalizar el tercero, los piratas japoneses habían sido expulsados del río Grande de Cagayán para siempre.

Pero la historia real es más compleja, más sucia y más fascinante que el mito que circula hoy en las redes sociales. Y para entenderla hay que volver cuatro siglos atrás, a un mundo donde Manila era el centro gravitacional del comercio global y el Mar de la China era un polvorín a punto de estallar.

Batalla de Cagayán 1582: flota española enfrentando los 18 champanes de piratas japoneses wako en el río Grande de Cagayán, Filipinas

El mundo en 1582: por qué Filipinas era el epicentro del mundo

En 1565, el fraile agustino Andrés de Urdaneta descubrió el tornaviaje desde Asia hasta la costa novohispana aprovechando las corrientes del Pacífico norte. Ese hallazgo convirtió a Manila en el nudo de una arteria comercial sin precedentes: el Galeón de Manila, la ruta Manila–Acapulco, que durante doscientos cincuenta años conectó la plata americana con la seda, las especias y la porcelana asiática.

El galeón era, literalmente, el objeto más valioso que cruzaba los océanos cada año. Un solo viaje podía generar beneficios que financiaban campañas militares enteras. Y Filipinas, como terminal asiática de esa ruta, se convirtió en el territorio más codiciado del Pacífico.

La recién fundada Manila —establecida definitivamente en 1571 por Miguel López de Legazpi— era ya una ciudad bulliciosa donde convivían castellanos, novohispanos, indígenas tagalos, mercaderes chinos del Parian y una creciente colonia de japoneses en Manila dedicados al comercio y al trabajo artesanal. El mundo entero pasaba por allí. Y donde hay riqueza acumulada, aparecen quienes desean arrebatarla.

Tercios españoles en manila

El periodo Sengoku: Japón en llamas, rōnin a la deriva

En ese mismo 1582, Japón vivía el momento más convulso de su historia medieval. El periodo Sengoku —la "era de los estados combatientes"— llevaba más de un siglo produciendo guerras interminables entre señores feudales. Las grandes batallas habían dejado en las carreteras a miles de samuráis sin señor, los célebres rōnin, guerreros sin empleo, sin tierra y sin lealtad fija.

Ese año, precisamente, el Incidente de Honnō-ji sacudió Japón hasta los cimientos: el 25 de junio de 1582 —la misma fecha del combate decisivo en Cagayán, aunque probablemente por coincidencia calendárica—, el señor de la guerra Oda Nobunaga fue traicionado y obligado a suicidarse por su propio general Akechi Mitsuhide. El vacío de poder que siguió lanzó a miles de soldados japoneses a los márgenes del sistema.

Algunos de esos hombres acabarían navegando hacia el sur. Hacia las costas de China y el mar de la China. Hacia Filipinas.

La política haijin de China y el nacimiento de los wako

La tercera pieza del puzzle era China. La dinastía Ming, obsesionada con el control del comercio marítimo, había impuesto durante décadas la política haijin: la prohibición total del comercio privado en las costas de China. El resultado fue exactamente el contrario al deseado: prohibir el comercio legal no lo eliminó, sino que lo empujó a la clandestinidad.

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Nacieron así los wako (wakō), piratas y contrabandistas que operaban en el Mar de la China durante los siglos XVI y XVII. Su composición era sorprendentemente diversa: chinos, japoneses, coreanos, portugueses renegados, malasios. Eran menos una etnia que una profesión.

Y esa profesión, a mediados del siglo XVI, era enormemente rentable. Las islas Filipinas, con su posición estratégica y su relativo subpoblamiento defensivo en el norte, se convirtieron en objetivo predilecto.

piratas japoneses en combate

Los piratas wako: ¿quiénes eran realmente los enemigos de España?

El relato popular habla de "samuráis japoneses" como si fueran una unidad homogénea de guerreros de élite con katana y armadura lacada. La realidad era considerablemente más matizada.

La flota que llegó a las proximidades del río Cagayán en junio de 1582 era un contingente panasiático. Junto a los rōnin japoneses —samuráis sin señor que habían cambiado la lealtad feudal por el pillaje marítimo— navegaban ashigaru (infantería de a pie japonesa de extracción humilde), piratas chinos y japoneses de carrera, mercenarios coreanos y, muy probablemente, algunos intermediarios de origen portugués o mestizo que conocían las rutas y los puntos débiles de las defensas españolas.

No era un ejército. Era una coalición de intereses unidos por el beneficio inmediato: saquear la provincia de Cagayán, expulsar a los españoles del norte de Luzón y establecer una base de operaciones para el comercio forzado con China.

Los piratas japoneses y chinos portaban además un armamento más sofisticado de lo que el mito sugiere. Gracias al comercio con los portugueses —que habían introducido las armas de fuego en Japón en 1543—, muchos de los hombres de Tay Fusa empuñaban arcabuces.

Las crónicas españolas anotaron con preocupación que los enemigos "traen artillería y mucha arcabucería", lo que desmonta la imagen de una horda de espadachines medievales.

Tay Fusa: el misterio del nombre y el hombre detrás del caudillo

El nombre Tay Fusa no aparece en ningún documento japonés conocido. No es un nombre nipón ni chino reconocible. Los historiadores han propuesto varias hipótesis: podría ser una transliteración española defectuosa de un nombre japonés (Taifusa, Tai Fusa), un título honorífico en algún dialecto costero, o incluso un alias adoptado para el comercio.

Algunos investigadores han sugerido una conexión —especulativa pero tentadora— con el caos desencadenado por el Incidente de Honnō-ji. Si Tay Fusa era un comandante militar al servicio de Oda Nobunaga o de algún señor feudal rival, la muerte de su patrón en 1582 lo habría convertido de la noche a la mañana en un rōnin de alto rango, con hombres bajo su mando pero sin tierra ni salario.

La piratería sería, en ese contexto, no una vocación, sino una necesidad de supervivencia.

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Lo que sí sabemos con certeza es que Tay Fusa y sus piratas habían establecido ya una presencia en el norte de la isla de Luzón antes de los combates de Cagayán.

Las autoridades españolas en Manila habían recibido informes de saqueos y extorsiones a las poblaciones locales. La expedición de Carrión no fue una respuesta espontánea, sino una operación planificada desde la recién fundada Manila.

El armamento japonés: katanas, arcabuces y armaduras de hierro

La armadura japonesa del periodo Sengoku era una obra de ingeniería notable. Las cotas de malla entrelazadas con placas de hierro (domaru, haramaki) ofrecían una protección eficaz contra armas de filo y buena resistencia a los proyectiles de bajo calibre. Los cascos (kabuto) distribuían el impacto de los golpes.

Las espadas japonesas —tanto la katana de dos filos como la wakizashi de combate cercano— eran armas de una precisión metalúrgica excepcional, forjadas mediante el plegado repetitivo del acero para crear una hoja de dureza y flexibilidad incomparables.

Pero el factor que más inquietaba a los españoles era precisamente la presencia de armas de fuego entre los wako. Los arcabuces japoneses (tanegashima), derivados del modelo portugués introducido décadas antes, eran armas fiables a corta y media distancia.

Combinados con las espadas en combate cuerpo a cuerpo, convertían a los hombres de Tay Fusa en un enemigo muy diferente a los guerreros indígenas que los soldados españoles solían encontrar en las campañas de pacificación filipinas.

📜 Archivo Secreto: El conquistador más veterano de esta batalla tenía 69 años. Juan Pablo de Carrión había sobrevivido a la Inquisición española, a un proceso de bigamia que casi le costó el cuello, a dos décadas de navegación por el Pacífico y a las tensiones de la política colonial novohispana. Cuando zarpó hacia Cagayán al mando de la armada española de Filipinas, era ya un anciano para los estándares de la época. Y aun así, era el hombre más peligroso en ese río.

Juan Pablo de Carrión: el anciano capitán que nadie esperaba

Juan Pablo de Carrión era lo que los siglos XVI y XVII producían con cierta regularidad en los márgenes del Imperio: un hombre de acción extraordinario cuya vida personal era un desastre de proporciones épicas.

Marino experimentado, había participado en campañas navales en el Mediterráneo —algunos biógrafos le sitúan cerca de los combates de Lepanto en 1571— antes de embarcarse en la aventura del Pacífico.

Formó parte de la expedición de Andrés de Urdaneta y colaboró en el establecimiento de las rutas del galeón de Manila. Supervisó la construcción del astillero de Puerto Navidad, en la costa novohispana, desde donde se botaron algunos de los barcos que consolidaron la presencia española en el Pacífico.

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Era, en suma, un hombre que conocía ese océano mejor que nadie.

Su vida privada era, sin embargo, una catástrofe legal. Procesado por bigamia —tenía esposa en España y otra en Nueva España—, la Inquisición lo persiguió durante años.

Solo su utilidad militar y su irreemplazable experiencia náutica lo salvaron de consecuencias más graves. El Imperio necesitaba hombres como Carrión más de lo que necesitaba su virtud conyugal.

Juan Pablo de Carrión

La misión imposible: siete barcos contra dieciocho champanes

Cuando el gobernador de Filipinas, Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, decidió responder a las incursiones wako en el norte de Luzón, eligió al capitán Juan Pablo de Carrión para liderar la expedición. La decisión tenía una lógica militar impecable: nadie en Manila conocía mejor las aguas del norte ni tenía mayor experiencia en combate naval.

La flota zarpó de Manila con siete embarcaciones: una galera principal, varios champanes y algunas barcazas de apoyo. Frente a ellos, los 18 champanes de Tay Fusa representaban una superioridad numérica abrumadora. Los soldados españoles e indígenas aliados a bordo sumaban apenas un centenar de hombres efectivos para el combate.

La desproporción no era solo numérica. Los japoneses conocían el río Cagayán y habían tenido tiempo de preparar posiciones defensivas en sus orillas. Los españoles llegaban como fuerza expedicionaria a terreno desconocido, con las municiones contadas y la logística limitada por la distancia de Manila.

El hombre y su estrategia: experiencia frente a número

Carrión no era un improvisador. Décadas de campaña le habían enseñado que la superioridad numérica del enemigo podía neutralizarse mediante tres factores: superioridad de artillería en el primer choque, disciplina de formación en el combate de infantería, y velocidad en la decisión táctica.

Su plan para los combates de Cagayán partía de una premisa clara: no permitir que los barcos japoneses aprovecharan su número en alta mar. Había que forzar los enfrentamientos en espacios estrechos —la desembocadura del río, los meandros interiores— donde la maniobrabilidad de los champanes wako quedara anulada por la artillería española.

Era la misma lógica que había funcionado en Lepanto: concentrar el fuego, desorganizar la formación enemiga y luego enviar la infantería al abordaje.

tercios combatiendo en un barco en manila

El desarrollo de los combates: tres enfrentamientos, una victoria

El primer encuentro tuvo lugar en las aguas abiertas frente a la costa norte de Luzón, antes de que las flotas hubieran entrado en el estuario.

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Un barco japonés o champán wako intentó interceptar a la vanguardia española en lo que parece haber sido un tanteo de fuerzas, una escaramuza de reconocimiento.

Los soldados de Carrión respondieron con artillería y abordaje rápido. El navío enemigo fue capturado o hundido, y los supervivientes se retiraron hacia el grueso de la flota de Tay Fusa río arriba.

El primer combate fue breve pero pedagógico: los wako comprendieron que la armada española de Filipinas no era la guarnición colonial improvisada que esperaban.

Segunda batalla: cañones contra champanes en el río

El segundo enfrentamiento fue el más técnico de los tres combates de Cagayán. Carrión maniobró sus galeras y embarcaciones para cortar el paso a varios champanes que intentaban flanquear la posición española en el estuario del río Grande de Cagayán.

La artillería española entró en acción con toda su eficacia. Los champanes Wako, más maniobrables pero con menor blindaje y sin artillería equivalente, encajaron una serie de impactos que desorganizaron su formación. Varios fueron hundidos o averiados gravemente. Los supervivientes se replegaron hacia las posiciones en tierra que Tay Fusa había preparado más arriba del río.

Fue en este momento cuando los soldados de Carrión comenzaron a sentir el peso de la campaña. Las municiones mermaban a ritmo alarmante. Los hombres llevaban días en combate, con raciones reducidas y el calor ecuatorial como adversario constante.

movimientos d elos piratas hacia filipinas

El combate decisivo: la trinchera y el cuerpo a cuerpo

El 25 de junio de 1582 llegó el tercer y definitivo enfrentamiento. Tay Fusa había construido una trinchera y posiciones defensivas en la orilla del río Cagayán como respuesta a la presión española. Sus hombres, protegidos por las empalizadas y armados con espadas, lanzas y algunos arcabuces, esperaban el asalto final.

Lo que Tay Fusa no había calculado era la disciplina de formación de los veteranos de Carrión. Los soldados españoles desplegaron la táctica clásica del tercio: piqueros delante y arcabuceros en los flancos, avanzando en formación cerrada que hacía casi imposible una carga de caballería o infantería desorganizada.

Las descargas de arcabuceros abrieron huecos en la línea defensiva japonesa. Los piqueros entraron por esos huecos antes de que pudieran cerrarse. Y cuando las municiones se agotaron —apenas quedaban en pie unos treinta infantes de marina en condiciones de combatir—, los españoles tiraron la pólvora y se lanzaron al cuerpo a cuerpo.

Ese momento fue el clímax de los combates de Cagayán y probablemente también el más cercano al desastre. Un contingente de hombres exhaustos, con las espadas como único argumento, contra guerreros japoneses entrenados desde la infancia en el arte marcial. Pero la formación táctica española aguantó. Y la formación de Tay Fusa se quebró.

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El caudillo japonés solicitó negociar. Los combates de Cagayán habían terminado.

👁️ El Dato Insólito: Los japoneses que enfrentaron a Carrión en 1582 portaban arcabuces fabricados según el diseño portugués introducido en Tanegashima apenas cuarenta años antes. Hay una ironía brutal en este dato: los españoles, aliados de Portugal bajo la Corona Hispánica desde 1580, se enfrentaron en el río Cagayán a enemigos armados con tecnología portuguesa. El Imperio disparaba contra su propio armamento.

Las claves de la victoria española

La victoria española en los combates de Cagayán no fue un milagro. Fue el resultado previsible, aunque no inevitable, de varias ventajas acumuladas.

La más decisiva fue la artillería. Los cañones de las galeras españolas podían destruir o inutilizar un champán wako a distancia, antes de que sus ocupantes pudieran hacer contacto con la infantería. Los japoneses contaban con algunos arcabuces, pero no tenían artillería naval equivalente.

Cada fase de los combates comenzó con una superioridad de fuego española que degradó las fuerzas de Tay Fusa antes del enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

La armadura española —capacetes, cotas de malla, gorjales— también ofreció una protección efectiva contra las espadas japonesas en el combate final, aunque no era invulnerable a los arcabuces wako.

desarrollo de la batalla de cagayan

Disciplina de formación: la táctica del tercio en río

La segunda clave fue la doctrina. Los soldados de los tercios —o más exactamente, los soldados entrenados en la táctica del tercio, pues los tercios propiamente dichos operaban en Europa— aplicaron en el río Cagayán el mismo principio que había funcionado en Flandes, en Italia y en el Mediterráneo: la combinación de piqueros y arcabuceros en formación cerrada creaba un sistema defensivo y ofensivo casi imposible de desarticular con una carga frontal.

La mucha arcabucería y piquería que caracterizaba la formación española era especialmente letal en espacios estrechos como las orillas de un río, donde la maniobrabilidad de los atacantes quedaba reducida y la formación cerrada tenía más valor que la habilidad individual.

El factor psicológico: rendición negociada, no masacre

La tercera clave, frecuentemente ignorada, fue política. Carrión no buscó la aniquilación total de las fuerzas de Tay Fusa. Cuando el caudillo japonés solicitó negociar, los españoles aceptaron.

Las condiciones impuestas fueron claras: abandono inmediato del norte de Luzón, reconocimiento de la soberanía española sobre la provincia de Cagayán y garantía de no retorno.

No hubo masacre de prisioneros ni represalias indiscriminadas.

Esta decisión, estratégicamente inteligente, evitó una guerra de guerrillas prolongada que los españoles, con sus líneas de suministro desde Manila, habrían tenido dificultades para sostener. Tay Fusa y los supervivientes abandonaron el río Grande de Cagayán y no regresaron.

resultados y consecuncias de la batalla

Las consecuencias: más allá de la batalla

La fundación de Nueva Segovia (hoy Lal-lo)

Una vez expulsados los piratas wako, Carrión no se limitó a reembarcarse hacia Manila. La victoria sobre Tay Fusa fue el primer paso de una consolidación territorial sistemática.

Se fundó la ciudad de Nueva Segovia, hoy conocida como Lal-lo, en la provincia de Cagayán. La nueva población funcionó como capital administrativa del norte de Luzón y como base defensiva para prevenir futuras incursiones wako. Contaba con una guarnición permanente y, con el tiempo, con una misión dominica que evangelizó a las poblaciones locales.

Nueva Segovia fue durante décadas el punto más septentrional del dominio español efectivo en el archipiélago filipino. Su fundación directa como consecuencia de los combates de Cagayán convierte la batalla de 1582 no solo en un episodio militar, sino en un hito fundacional de la historia del norte de Filipinas.

La persistencia de la piratería wako en Filipinas

La derrota de Tay Fusa no eliminó la amenaza wako. La piratería japonesa en las islas Filipinas continuó durante décadas, aunque con menor intensidad y sin los intentos de implantación territorial del incidente de 1582. Las incursiones wako persistieron esporádicamente a lo largo de los siglos XVI y XVII, obligando a las autoridades españolas a mantener una presencia naval en el norte de Luzón.

El patrón wako era difícil de erradicar precisamente porque no respondía a una estructura estatal centralizada. No había un gobierno japonés que firmara un tratado o presionara diplomáticamente para poner fin a las incursiones. Los wako operaban al margen del sistema, y mientras el Mar de la China ofreciera rutas comerciales rentables y costas mal defendidas, seguirían existiendo.

Las relaciones hispano-japonesas (1590)

Paradójicamente, los combates de Cagayán no envenenaron de forma duradera las relaciones de Filipinas y Japón. Apenas ocho años después, en 1590, el nuevo hombre fuerte de Japón, Toyotomi Hideyoshi, abrió un canal diplomático con las Filipinas españolas que incluyó la creación de una colonia de japoneses en Manila bajo regulación española.

Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, el gobernador que había ordenado la expedición de Carrión, había enviado una carta detallada a Felipe II describiendo los combates y justificando la expedición.

Esa correspondencia —conservada en el Archivo General de Indias— estableció el marco legal y diplomático para la normalización posterior de las relaciones de Filipinas y Japón.

Los japoneses residentes en Manila —artesanos, comerciantes, algunos exmilitares— siguieron siendo una presencia significativa en la ciudad hasta el Sangley revolt y las tensiones del siglo XVII.

La controversia historiográfica: ¿tercios vs. samuráis o un mito moderno?

El enfrentamiento entre europeos y samuráis en Cagayán es, en su versión divulgativa más extendida, una historia perfecta: cuarenta soldados de los tercios españoles contra mil samuráis japoneses.

David contra Goliat, con katanas y mosquetes. El problema es que esa historia, aunque basada en hechos reales, simplifica hasta la distorsión.

Los atacantes no eran "samuráis" en el sentido estricto del término —guerreros de clase noble al servicio de un señor feudal—, sino un contingente mixto de piratas japoneses, rōnin de extracción diversa, mercenarios chinos y japoneses y combatientes de otras procedencias.

La distinción importa: un ejército de samuráis de élite al servicio de un señor feudal japonés habría sido un adversario radicalmente diferente, con una logística, una disciplina y un armamento mucho más formidable.

Del mismo lado, los soldados de Carrión no eran estrictamente "soldados de los tercios" en el sentido europeo. La guarnición colonial española en Filipinas estaba integrada mayoritariamente por novohispanos —muchos de ellos mestizos— y por aliados indígenas de origen tlaxcalteca que llevaban décadas sirviendo como infantería auxiliar en las campañas de expansión colonial.

La 1582 entre la armada española y los wako fue, en cierta medida, un choque entre dos mundos coloniales: la América indígena aliada de España contra la periferia marítima de Asia.

Lo que dicen los documentos del Archivo General de Indias

La carta de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa a Felipe II, conservada en el Archivo General de Indias, es el documento primario más importante sobre los combates de Cagayán.

En ella, el gobernador de Filipinas describe la expedición con notable precisión: el número de embarcaciones, las bajas, el desarrollo de los tres enfrentamientos y las condiciones de la rendición de Tay Fusa.

Lo que el documento no hace es hablar de "samuráis". Habla de "japoneses" y de piratas. El término "samurái" como categoría única y homogénea es, en gran medida, una proyección cultural posterior —reforzada por el cine de Akira Kurosawa y la cultura pop del siglo XX— sobre una realidad social mucho más estratificada y compleja.

El AGI contiene además correspondencia complementaria de los jesuitas presentes en Filipinas durante el periodo, que aporta información sobre la composición de las fuerzas wako y la naturaleza de sus incursiones previas.

La base documental es sólida: el enfrentamiento entre europeos y samuráis existió. Pero el relato simplificado que circula en redes merece este matiz.

Cagayán en la cultura popular: cómics, novelas y redes sociales

Los combates de Cagayán han experimentado en la última década un notable renacimiento en la cultura popular española e hispanoamericana.

El cómic Espadas del fin del mundo (2016) ofreció una versión visualmente espectacular del enfrentamiento, con una estética de acción que priorizó el impacto narrativo sobre el rigor histórico, pero contribuyó decisivamente a popularizar el episodio.

La novela Los primeros de Filipinas (2022) abordó el periodo colonial filipino con mayor ambición documental, situando los combates en el contexto más amplio de la consolidación española en el archipiélago. Fue recibida con interés tanto por el público general como por los historiadores especializados.

En las redes sociales, el episodio circula frecuentemente con titulares del tipo "la vez que 40 españoles derrotaron a 1.000 samuráis", acompañados de imágenes de guerreros japoneses de los videojuegos o del cine.

La viralidad es comprensible: es una historia extraordinaria. Pero los combates de Cagayan merecen algo más que un meme: merecen la complejidad que la historia real, siempre, les da.

Fuentes y bibliografía

    • Archivo General de Indias, Filipinas, Legajo 6 — Carta de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa a Felipe II (1582). Sevilla: Archivo General de Indias
    • Knauth, L. (1972) — Confrontación transpacífica: El Japón y el Nuevo Mundo Hispánico, 1542–1639 — Universidad Nacional Autónoma de México
    • Schurz, W. L. (1939) — The Manila Galleon — E. P. Dutton & Co.
    • Tremml-Werner, B. (2015) — Spain, China, and Japan in Manila, 1571–1644 — Amsterdam University Press
    • De Morga, A. (1609) — Sucesos de las Islas Filipinas — Imprenta de Geronymo Balli, México
    • Boxer, C. R. (1951) — The Christian Century in Japan, 1549–1650 — University of California Press
    • Álvarez-Taladriz, J. L. (1954) — Fuentes para la historia de Japón en los siglos XVI y XVII desde archivos españoles — Sophia University Press
    • Medina, J. T. (1898) — El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Islas Filipinas — Imprenta Elzeviriana, Santiago de Chile

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